Carpe Diem

Caigo y caigo, aunque a veces cuento con ayudas.

Te cubres rápidamente con el edredón de plumas verde, y te acomodas en la mullidita cama a intentar que vuelva el calor. Ha sido una mala idea levantarte descalza para abrir la ventana y dejar que entrara la luz del sol de mediodía. Hace frío, mucho. Y es que es normal, estamos en pleno invierno. Tus ojos están enrojecidos e hinchados. Cada dos por tres moqueas, y te sorbes la nariz solo para evitar sacar la mano de debajo de las mantas en busca de un clínex limpio en tu mesilla de noche. Observas tu habitación, ahora iluminada. Todo está patas arriba. Parece que lo haya arrasado un huracán. Tú siempre has sido muy meticulosa y ordenada. ¿Qué te ha pasado? Decenas de pañuelos usados se extienden por el frío suelo. En una esquina del cuarto hay un cúmulo de ropa amontonada, presidida por tu mejor vestido de palabra de honor. Sí, ese que llevabas cuando lo conociste. Ese que tanto le gustaba. Ese que no volverás a utilizar nunca más. La papelera está a rebosar de bolitas de papel. Intentos fallidos de desahogarte en la escritura. Diriges tu mirada al inmenso escritorio de ébano. Encima de éste se juntan torres de libros. Deberes sin hacer, apuntes de historia y libros de lectura que aún siguen abiertos esperando a que pases página. Al lado de tu escritorio hay una pequeña estantería llena de enciclopedias y diccionarios, donde sobresale un pequeño sobre blanco con remitente francés, a kilómetros de donde tú te encuentras. Contiene esa carta tan especial para ti. Esa carta que tantas veces has leído. ¿Cuándo dejarás de atormentarte? Es jueves. Pero no has ido al instituto, y tampoco piensas hacerlo. Ya son muchos días de ausencias. Son las dos de la tarde y aún no has desayunado. Sigues ignorando las desesperadas peticiones y súplicas de tu madre para que bajes a comer algo. Te ha preparado lasaña, tu plato preferido. Pero no tienes hambre. Te revuelves en la cama al sentir una presión en el pecho y las lágrimas se aglomeran en tus pupilas amenazando con salir. Las retienes. Vuelves a cerrar los ojos e intentas, una vez más, conciliar el sueño. No estás enferma. No es gripe, ni ningún resfriado típico de esta estación, ¿verdad? Es mal de amor.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s