Carpe Diem

A veces no importa lo mucho que te guste una persona; aún así sigue sin ser buena para ti.

Sucedió un sábado. ¿O fue un domingo? Ya ni lo recuerdo. El tac-tac de mis pies contra los baldosines de aquella sombría calle auguraban lo que seguramente sería una situación tensa, fría. Al fin llegué a aquel parque, te vi a lo lejos, mis venas bombeaban con tanta intensidad que hasta mis capilares aullaban, mis hematomas latían. Me acerqué a ti, tus labios rozaron mi mejilla, un escalofrío recorrió toda mi columna. Tu te reíste. Me ofrecí a enseñarte la ciudad: paseamos, hablando de cosas banales, durante un espacio de tiempo incontable.”Qué bonita esa casa, que flores más vivas”, decías. Yo solo podía gesticular una idiota sonrisa. Llegó el momento de la despedida, me abrazaste y tu boca se acercó a mi oído, haciéndome estremecer. Entonces te alejaste, pero antes de marcharte, un beso, y un par de palabras de amor, qué ridículo.

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