Carpe Diem

Respiro lentamente y me vuelvo hacia la barra del bar, donde tú estás.

Hay dos modos de mirar el rostro de una persona. Uno es mirar los ojos como parte del rostro. Otro es mirar los ojos y nada más, como si fueran el rostro. Es una de esas cosas que dan miedo cuando las haces. Porque los ojos son la vida en miniatura. Blancos alrededor, como la nada en que flota la vida, el iris de colores, como la variedad imprevisible que lo caracteriza, hasta zambullirse en el negro de la pupila que todo lo devora, como un pozo oscuro sin color ni fondo. Y ahí es donde me he zambullido yo mirándole de aquel modo, entrando en lo más profundo de su vida y dejándole a ella entrar en la mía. Sin embargo, no he sostenido su mirada. Ella, en cambio, sí.

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