Carpe Diem

Otra mañana entre paredes bicolores.



Mi colegio tiene las paredes despintadas, las aulas pintarrajeadas, pizarras más grises que negras y mapas deshilachados, con continentes y países ya desteñidos y que van a la deriva. Las paredes pretenden imitar los colores blanco y marrón, como un helado sándwich, pero en cambio no hay nada dulce: solo la campana que indica el final de las clases y que cuando se queda atascada parece que aproveche para decirte a gritos que huyas.                                                                   En pocos casos el colegio es útil: cuando me sorprende el desconsuelo y me hundo en pensamientos vacíos. Entre un torbellino de mensajes de móvil, deberes, pósters, canciones, partidos, motos, miradas y sonrisas me pregunto hacia dónde voy, qué estoy haciendo, si alguna vez haré algo de provecho, si… Una etapa de profesores insoportables, padres que no entienden nada, apuestas con compañeros, victorias memorables y derrotas imposibles, amigas inseparables y amigos como hermanos, cartas por leer, mensajes por enviar y amores que no se olvidarán jamás. Pero por suerte el colegio es el parque de juegos con más gente en mi situación que conozco. Hablamos de todo olvidándonos de los pensamientos que al final no te conducen a nada; justo los que hay que eliminar.

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